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Junio del 2009

LA SUPREMA CORTE DE EE.UU. Y LA RELIGIÓN: TEMAS QUE EL CONGRESO EVITA PRONUNCIARSE

La nación
En la jerga de Washington la llaman Scotus, por las siglas en inglés de Suprema Corte de EEUU, institución exclusiva de ese país. No equivale al Tribunal Supremo de otros ni a la Corte Constitucional ni al Consejo de Estado, sino que tiene un poco de todos. Es una asamblea de nueve sabios que arbitran las guerras de religión del moderno EEUU: sobre la pena de muerte, el derecho al aborto, la separación entre Iglesia y Estado y demás temas polémicos sobre los que el Congreso prefiere no legislar.

Son los guardianes de la Constitución de 1787. Todos los días examinan las intenciones de hombres que murieron hace 200 años, convencidos de que las palabras de ayer pueden solucionar problemas de hoy. Ha sucedido que la Suprema comete errores. En 1857 se negó a considerar ciudadanos a los negros (la decisión Dred Scott). En 1944 aprobó el internamiento de estadounidenses de origen japonés. Pero también puso fin a la segregación racial en las escuelas en 1954. Y respecto de las detenciones sin juicio en Guantánamo, no vaciló en oponerse a los otros dos pilares del Estado: el Congreso y la Presidencia.

Desde su fundación, EEUU ha tenido 44 presidentes. Pero la Suprema Corte, sólo 17. El puesto es vitalicio. El actual, John Paul Stevens, tiene 89 años y fue designado por Gerald Ford en 1975. Ninguna otra democracia autoriza tal longevidad sin supervisión ni obligación. En el derecho anglosajón, los magistrados no sólo son los expertos, también expresan sus opiniones, su desesperación y su elocuencia, como Antonin Scalia, el neocon.

A pesar de las presiones del Congreso, la Corte se niega a que sus sesiones sean transmitidas por TV. Hace poco, empero, hizo una concesión: la grabación de los debates es accesible el mismo día. Los intercambios con los abogados suelen ser afilados, y son frecuentes las pugnas entre Scalia y su alter ego de izquierda, Stephen Breyer. El juez Clarence Thomas jamás dice una palabra. Él reemplazó a Thurgood Marshall en el que se convirtió en sillón afroamericano. Su designación en 1991 fue objeto de una violenta batalla en el Senado por la acusación de acoso sexual que Anita Hill había presentado. Tras ser confirmado, se encerró en el mutismo público.

De los 110 jueces que ha habido, sólo dos han sido mujeres. Desde que Sandra Day O’Connor se fue en 2006, Ruth Bader Ginsburg es la única. Es una diminuta dama de 76 años, frágil y sumida en su enorme sillón. Se le creería tímida y aliviada de permanecer al margen hasta que se quejó de esa soledad en una entrevista en USA Today. Los jueces no aparecen en la prensa y cuando lo hacen es para hablar de su nuevo libro sobre teoría constitucional. Ginsburg dijo lo que pensaba de sus colegas: una punta de zafios sin importar a qué partido pertenezcan.

La jueza deplora que no la escuchen. Es necesario que un hombre repita lo que ella haya dicho para que se la tome en serio. Los jueces no tratan de ponerse al alcance de las mujeres. Tomemos el debate sobre la adolescente cacheada (registrada) en su escuela de Arizona tras una historia de tráfico de medicamentos. La Corte estaba escéptica. "Yo trato de comprender qué tiene de terrible pedirle a un alumno que se quede en ropa interior si es lo que hacen cuando se les pide que se pongan el uniforme de gimnasia", declaró Breyer. Ginsburg tuvo que explicarle que los 13 años son una edad delicada para una chica, porque su cuerpo está cambiando o, peor, aún no ha empezado.

La jueza salió de su reserva por el asunto Ledbetter. Lilly Ledbetter, empleada de Goodyear, recibía menos salario que sus colegas, pero tardó años en darse cuenta. Los tribunales desestimaron su demanda: ya había pasado el plazo para probar la discriminación (180 días desde el primer comprobante de pago). En mayo de 2007, la Corte confirmó esa decisión. Pero Ginsburg estaba tan molesta que hizo leer públicamente su opinión contraria, lo que es un procedimiento raro. Y exhortó al Congreso a modificar la ley, lo cual hicieron los legisladores. A fines de enero, la ley "Lilly Ledbetter" fue la primera que firmó Barack Obama en la Casa Blanca.

Ginsburg ha pedido refuerzos en la Corte. "Quizá no una proporción de 50%-50%, pero sí 60% hombres y 40% mujeres. O a la inversa". Si los republicanos no se oponen, pronto se le reunirá la jueza Sonia Sotomayor, nombrada por Barack Obama. La jueza Ginsburg por fin fue escuchada.

* Por Corine Lesnes. Le Monde, derechos exclusivos para La Nación.

 


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