Octubre de 2009
LA TERCERA IGLESIA
Análisis/El País
El fiasco de la reunificación de las Iglesias romana y anglicana -finalmente, un mero corrimiento de fieles por abajo-, no debe ocultar el sueño de la unidad de los cristianos. Al fin y al cabo, todos añoran llegar al cielo, aunque por caminos distintos. Como sostuvo el poeta John Donne, "los hombres van a China tanto por los estrechos como por el cabo".
La figura de Tomás Moro, canonizado por Roma en 1935, simbolizaba esa idea, junto a Erasmo. Fueron los primeros en proponer la Reforma (en mayúscula) de las Iglesias cristianas, en pos de una pacífica reunificación. Pero Moro murió decapitado por orden de Enrique VIII. El Papa se oponía al divorcio del rey para casarse con Ana Bolena. Moro, gran canciller, también estaba en contra. Pagó, en loor de multitudes. Cuando la noticia cruzó el canal de la Mancha, Erasmo se sintió impresionado. Roma suspiró. Cuanto peor, mejor.
Erasmo llevaba años luchando por una Reforma que concitara el consenso. Era un centrista. Seguía siendo católico. Escribió a su amigo Moro: "Soportaré esta Iglesia hasta que encuentre una mejor; no navega mal quien sigue el curso medio entre dos mares". El sabio de Rotterdam había dedicado al inglés su Elogio de la locura. Fue el primer superventas y, desde los bandos en discordia, se acercaron a él como a un futuro Salomón, cuyo juicio privara de algo a cada parte en pos de una reunión definitiva.
Tres fueron las formas de religión que había en el siglo XVI en Occidente: el catolicismo papal, el cristianismo estatal (o luteranismo) y la teocracia calvinista. Cada una estaba vinculada orgánicamente con el Estado en que existía y las tres soñaban con imponerse por separado. Diferían en los métodos.
Lutero no deseaba triunfar "mediante el fuego, sino gracias a los escritos". Entre sus proposiciones, que Roma condenó, estaba la idea de que "quemar herejes contraría la voluntad del espíritu". En las otras orillas, el miedo imperaba a lomos de la Inquisición. "Vivimos en tiempos tan difíciles que es peligroso hablar o guardar silencio", escribió el gran pedagogo Luis Vives.
En ese contexto, la Iglesia anglicana, oficial en Inglaterra, navegaba entre dos aguas, como ahora. El principal obstáculo era la intransigencia papal. Nada ha cambiado.
POR LOS CAMINOS DE NEWMAN Y BLAIR
Juan Bedoya. El País
Pese a lo que sostienen todavía los cronistas de la bragueta y buena parte del bando católico, el cisma de Enrique VIII no fue una cuestión de divorcio -para casarse con Ana Bolena-, ni un movimiento popular, como en la Alemania protestante. Excepto en la doctrina, los reyes de Inglaterra eran los jefes efectivos de la Iglesia mucho antes de que se afirmara esa posición con un estatuto parlamentario. El principio fue definido más tarde como cuius regio, eius religio (la religión de rey es la religión del reino), no para retornar al tribalismo, sino para poner orden en los desastres de las guerras de religión.
La definitiva ruptura anglicana se produjo "por un complicado embrollo de disputas y rencores personales, celos, rivalidades de jurisdicción, pugnas provinciales y simple mala intención" (Paul Johnson). También contribuyeron los desmanes económicos de muchos clérigos avalados por Roma, que arruinaban a su feligresía hasta para enterrar a los deudos. La decisión del Parlamento, en 1534, impulsada por Enrique VIII, acordó que el rey (y supeditado a él el arzobispo de Canterbury) era sin discusión la cabeza de la iglesia en Inglaterra, con todo el mando.
Enrique VIII no pretendía otra cosa que librarse del Papa o doblegarlo, como en aquel momento hacía el emperador Carlos V de Alemania (y Primero de España), que tenía preso al pontífice. Londres rompió con Roma, pero no con la fe católica. Es decir, inauguró un cisma sin querer implantar la herejía. La Iglesia anglicana no se hizo nunca protestante en su vida o en su constitución según el modelo alemán.
Pero nada es simple cuando se trata de religiones. Tras los años de la sangrienta reacción católica de María Tudor, que le costó morir en la hoguera al mismísimo arzobispo Crammer, Isabel I impulsó un catolicismo reformado, a medio camino entre los extremos de Roma -terrible Inquisición mediante- y las exageraciones de Calvino en Ginebra. La suspensión de celibato clerical obligatorio, del que tanto se ha hablado, no fue entonces sino una atracción manipulada eficazmente por los reformadores para consumo de muchos sacerdotes (en su mayoría, los jóvenes).
¿Y ahora? El acercamiento de las dos iglesias (la romana y la anglicana) viene de muy lejos. Pero no es ecumenismo en el sentido conciliar del término, sino una absorción en toda regla, una vuelta a la casa del padre por la parte de abajo. Roma no va a ceder nunca la primogenitura del sumo pontífice, ni la centralidad del Vaticano. Tampoco en su oposición a la ordenación de mujeres (de momento, al menos), o a la entrada de homosexuales al altar sagrado. Eso provoca, en la práctica, la pervivencia ab aeternum de la Iglesia anglicana como tal, con su jefe civil (ahora una reina) y un arzobispo pastoreándola.
Hace tiempo que la Santa Sede renunció a la reunión de las iglesias llamadas separadas según el pensamiento conciliar de Juan XXIII, en 1962. Ocurrió cuando el cardenal Ratzinger, papa ahora como Benedicto XVI, presentó a la firma de Juan Pablo II la proclamación de que no hay más doctrina e iglesia verdaderas que las romanas, ni otro camino para la salvación de las almas (declaración Dominus Iesus, año 2000). Se ve ahora con esta política de asimilación, acogiendo a los conversos anglicanos con miramientos y prelaturas, pero humillando a la cabeza.
La sangría de fieles del anglicanismo hacia la iglesia romana viene de lejos. Cuando Tony Blair, el ex primer ministro británico, acudió en 2007 a visitar a Benedicto XVI para publicitar su sonada conversión al catolicismo, el líder laborista, anglicano de nacimiento, llevaba en su cartera tres retratos del cardenal Newman, el gran converso. Era su regalo a Benedicto XVI porque, como declaró Blair, el más celebre predicador inglés era "pensador preferido" del actual pontífice.
La conversión de John Henry Newman (Londres, 1821-Birmingham, 1891), fue un acontecimiento mundial en su tiempo. Sus escritos y sermones como pastor anglicano no anticipaban su paso. Antes había liderado el Movimiento de Oxford, con el empeño de restituir a la Iglesia anglicana el derecho a considerarse parte de la Iglesia universal, como la católica y las ortodoxas, sin "romanizarla", pero remontándola a la tradición de los grandes padres y teólogos cristianos. Converso en 1845, el papa León XIII lo hizo cardenal en 1879 y Benedicto XVI prepara ya su beatificación. Sera el primer santo católico en el Reino Unido procedente del anglicanismo. Todo un símbolo.
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