¿DEL CAMBIO DE ÉPOCA AL CAMBIO HUMANO?
Juan José Oyarzún

En el ámbito de la reflexión sobre el hombre, tanto en su contexto más trascendente como en su contexto más individual, su realidad individual y personalísima, el tiempo que nos corresponde contemporizar, señala grandes interrogantes, donde hay aspectos sobre los que queremos reflexionar para los lectores de “Occidente”, tal vez de un modo demasiado sintético, pero que permiten señalar ciertos puntos de vista que pueden coadyuvar a generar un debate en torno a lo que nos preocupa fundamentalmente: el hombre y sus posibilidades y potencialidades.
Somos testigos y protagonistas de una época en que se produce uno de los grandes cambios culturales y morales de nuestra civilización. Ello ocurre de un modo acelerado, tal vez vertiginoso en muchos de sus planos, y paralelamente, de un modo desigual, desequilibrado, contradictorio. Son tantas las variables que, para algunos, no existe la capacidad de dimensionar las complejidades que inciden cotidianamente en los procesos en desarrollo que configuran el carácter de este tiempo de cambios.
Cuestionamientos frente a nuestro tiempo.
Señalar las características del mundo de inicios del siglo XXI, es un desafío que escapa a las posibilidades del hombre común, y que aún, se hace imposible para aquellos que, día a día, tratan de hacer una reflexión que permita encontrar las claves para sintetizar las tendencias que pueden determinar el mundo del mañana inmediato.
Para muchos, vivimos la era de la globalización; pero, frente a esa afirmación surge la pregunta ¿qué parte de la Humanidad, cuantitativamente, está directamente involucrada en tal proceso? Porque la globalización no alcanza y no toca a todas las naciones ni a todos los grupos humanos. Muchos están al margen de las condiciones que determinan ese proceso, y otros se niegan a sentirse incorporados.
Decimos que somos parte de la era de las comunicaciones y el conocimiento. Pero, no todos los seres humanos disponen de los elementos que permiten compartir los ingenios tecnológicos y sus ventajas, para comunicarse al mismo nivel y en los mismos lenguajes de quienes están en la cúspide de las posibilidades comunicativas, lo que determina que muchos van quedando marginados. El conocimiento, por otro lado, no es un bien uniforme y homogéneo, que pueda contenerse integralmente en las academias para la libre disposición de todos los seres humanos. Tampoco, en su magnitud, es posible hacerlo un instrumento benéfico para todos los hombres.
Decimos que nuestra civilización ha sido liberada del error de la mano de la ciencia, y que una de las características del siglo reciente, ha sido el claro predominio de los valores científicos y tecnológicos. ¿Pero, qué parte de la Humanidad ha esclarecido sus convicciones, sus concepciones y sus decisiones, con los aportes del devenir científico, y cuantos continúan sumergidos en la ignorancia y la superchería?
Sería larga la manifestación de todas las afirmaciones, que habitualmente hacen los analistas que tratan de graficar o definir esta era de cambio y mutaciones de la que somos parte, que pueden ser cuestionadas por lo contradictorio y limitado de sus alcances, y nos basta con las señaladas precedentemente, para decir que, como siempre ocurre con los grandes cambios que experimenta la Humanidad, solo quienes pueden mirar hacia atrás tienen la capacidad de entender los procesos humanos con una relativa capacidad de síntesis y comprensión integral. El aserto de las definiciones parece que quedará para los futuros historiadores, antes que para los pensadores que hoy reflexionan este tiempo complejo.
Por ahora, podemos decir que, a pesar de los notables avances tecnológicos y de los beneficios que la ciencia ostensiblemente nos señala, siguen produciéndose enormes frustraciones frente a los efectos de lo que entendemos por progreso.
Los beneficios que estos suponen para el hombre, enfrentan cuestionamientos, ya sea por el acceso a su usufructo, que siempre es ajeno para las mayorías, como en cuanto a los aspectos involucrados en su utilización. Efectivamente, es imposible no hacer un juicio ético frente a las tecnologías, por ejemplo, cuando estas han entrado a influir el curso de los mercados y los intereses de las personas.
En torno a ese debate, por ejemplo, los miembros de la llamada Escuela de Frankfurt, discurrieron que la razón y la ciencia se han convertido en herramientas de dominación más que de emancipación. Horkheimer no vacila en afirmar que la tecnología supone una amenaza para la cultura y la civilización, y que las ciencias físicas (en las que se sustenta la tecnología) ignoran los valores humanos. Equidistante en sus fundamentos, el francés Jean-François Lyotard, llegar a concluir que la explosión de las tecnologías de la información, es parte integrante de la cultura posmoderna y contribuye a la disolución de los valores de identidad personal y responsabilidad.
En síntesis, por ahora bástenos decir, para los propósitos de esta breve reflexión, que el mundo en que hoy nos desenvolvemos es muy diferente al vivido por la generación anterior, y, a su vez, este de hoy es muy distinto al que vivirá la generación que nos sigue, y cuando constatamos los enormes cambios de esta era vertiginosa, debemos preguntarnos si ella está relacionada fielmente con un cambio del hombre, hacia un estadio de perfección y superación.
Frente a las modalidades que señale la condición material y espiritual de una civilización o de un tiempo histórico como el actual, lo cierto es que la esencia de la materia prima humana sigue siendo la misma: hombres de carne y hueso, finitos, dimensionados por un transcurso limitado por la vida, sujetos a anhelos elementales, complementados con propósitos de trascendencia, y sometidos a las disyuntivas éticas, que se desprenden de su relación con los demás seres humanos.
Innovación y tradición.
La idea de cambio se ha afianzado rotundamente en las bases del mundo postmoderno, y pareciera que predomina en las concepciones de hacer cotidiano. Los gurúes que piensan los modelos de gestión, las proposiciones en el mundo de los negocios, los incentivos en los planos de la actividad creativa, señalan que hay un paradigma que transversaliza las actividades humanas bajo el concepto de innovación. Suena irónico, frente a lo planteado por un filósofo del siglo XIX, que tendría profundo impacto en los acontecimientos humanos durante más de cien años, el cual decía que el hombre se preocupaba en exceso de comprender el mundo que le rodeaba, cuando lo importante era cambiarlo.
Hoy, lejos de los alcances de esa convocatoria, en espacios muy lejanos a toda implicancia revolucionaria, se considera que para producir y generar innovación hay que romper los esquemas establecidos. Que, sin su fuerza propulsiva, no es posible construir un ambiente de ideas, que induzca a condiciones nuevas, y a un concepto de progreso. A contrapelo, aquello que está profundamente arraigado en nuestra cotidianidad, las creencias comunes, las condiciones de armonía y estabilidad, suelen asociarse a ambientes inhóspitos para la germinación de ideas nuevas.
Se admite que sin indisciplina, contradicciones, atrevimientos, o confusión, no hay posibilidad que emerjan y concursen las nuevas visiones, las nuevas propuestas y las nuevas metas; las aristas de la innovación son propensas, inevitablemente, a provocar perturbaciones o alteraciones.
Frente a ese predicamento, surgen visiones que se apegan férreamente a la tradición, aunque ello signifique una involución y el anquilosamiento, o la negativa a abrirse a nuevos desafíos o a perspectivas distintas de comprensión de los fenómenos. Se considera de ese modo, que la estabilidad y los argumentos perennes son un refugio ante la ambigüedad, el desorden y la angustia de lo impreciso.
Es necesario entonces preguntarse hasta donde se puede avanzar en un paradigma de innovación, de la misma forma que hasta donde es posible anclarse en la tradición. Frente a esa incógnita, nos asiste la convicción de que las tradiciones, las costumbres, lo consolidado, crean condiciones para potenciar los basamentos a partir de los cuales el hombre puede direccionarse en perspectivas nuevas. La tradición es el tradere que permite contar con un bagaje de alternativas que hagan posible construir una idea de progreso.
No hay una idea efectiva de cambio y avance, en las conductas de los conglomerados humanos, que no haya tenido su intensa contradicción complementativa, entre los pulsos de una tradición significativa y de una telúrica capacidad innovadora. Lo que determina el curso evolutivo en los grupos humanos, es la intensidad que una u otra perspectiva aporte frente a problemas específicos y necesidades concretas, que las sociedades o grupos requieren definir, para salvar los obstáculos que imposibilitan un mejor desarrollo societal.
El hombre es producto de su capacidad creativa, de su voluntad experimentativa, pero, también de lo que aprende y aprehende de su ambiente. Todo hombre es una sumatoria de sus capacidades y recuerdos. La capacidad la entendemos como el circuito de interacción con el ambiente que le rodea. Los recuerdos son los depósitos de información acumulada por la experiencia, las vivencias, los atavismos. De esa dialéctica relación surge su acción transformadora, con todas las implicancias materiales y espirituales que de ellas se desprenden.
Las constantes humanas.
Al analizar el efecto de los cambios en las conductas humanas, debemos entender que tales procesos, históricamente, han tenido siempre lugar en ambientes colectivos y societales, es decir, en el plano de las culturas o de las civilizaciones. En las grandes definiciones y tratados sobre los procesos de transformación en la sociedad humana, que llegan a caracterizar un tiempo y un espacio, podemos constatar que ello no va siempre aparejado con cambios superlativos en las conductas íntimas de las personas. Este último aspecto, parece correr por carriles absolutamente distintos al estudio social y a la forma como se hace cultura en los grupos humanos.
Así, desentrañar las cuestiones del ámbito relacional que determinan las conductas individuales y las tendencias grupales, tiene una evidente complejidad. Esta cuestión transversaliza las distintas culturas, civilizaciones y los tiempos históricos del hombre.
Las constantes de lo esencial del transcurrir individual de las personas, de los individuos sociales, en sus aspectos cotidianos y trascendentes, - lo que toca con la comprensión del propio existir -, siguen señalando que en cualquier escenario, el cómo y el porqué de la conducta humana, y lo que es más importante, el para qué, son fundamentales para entender hacia donde derivan o apuntan los derroteros de conciencia del hombre social e individual.
Las supremas interrogantes del pensamiento griego, sobre qué es el hombre, de dónde viene, para donde va, siguen dimensionando las grandes y las pequeñas proezas del pensamiento, los distintos tiempos históricos, las diversas épocas, en la búsqueda de las respuestas que desentrañen el sentido de la vida, en todas las escalas del hacer humano, porque, a pesar de todo lo obrado en las distintas escalas civilizacionales, queda una carencia esencial, que tiene que ver con lo más íntimo de la incógnita del ser.
La angustia humana frente a las incógnitas de su especie, y frente a los resultados de sus conductas siguen siendo un desafío para las distintas corrientes, que aspiran a erradicar de las cotidianidades humanas aquello que, precisamente, termina por deshumanizarlo: el descontrol de las pasiones, la violencia, el egoísmo, la envidia, la violencia, la soberbia, el odio. Las religiones, verbigracia, que nacieron con un contenido de emancipación espiritual, y que han normado las civilizaciones, no han sido capaces de mantener a raya las intensidades perversas de las conductas humanas, y, por lo general, han terminado por fomentarlas, en la medida que se han transformado en medios u objetos de poder.
Muchas disciplinas que configuran el conocimiento científico, han buscado la respuesta frente a lo que pasa en el hombre, que le imposibilita la satisfacción del vivir y del convivir. Pero, llegando al aserto del diagnóstico de las causas generatrices, no han sido capaces de construir soluciones, como consecuencia de su propia naturaleza y propósitos: los temas morales no son de su incumbencia.
Por ello, se hace más que necesario, cuando prima un fuerte concepto paradigmático respecto del cambio, en distintos planos del desarrollo humano, y cuando campea el propósito de innovación, detenernos a ver si es posible vislumbrar que ello tenga también un efecto en las conductas de los individuos y de los grupos.
No es la idea de esta reflexión hacer un balance del pensamiento humano, respecto de lo que implica la elección moral, según el pensamiento filosófico a través de los tiempos, pero, no debemos perder de vista que la idea tradicional de la sabiduría antigua era que la elección moral implicaba un juicio objetivo sobre el bien y el mal, considerando que, la mayoría de los filósofos desde Platón, han sostenido que el bien ético más elevado es el mismo para todos: acercarse a la perfección moral.
Para el individualismo, propuesto por Hobbes y Smith, que hoy tiene una fuerte predominancia, la sociedad es un artilugio artificial que sólo existe para promover el bienestar de sus miembros como individuos y que sólo se puede juzgar adecuadamente basándose en criterios establecidos por los propios individuos. En cierto modo, parecen coincidir con los existencialistas, que han afirmado que no se puede encontrar ninguna base objetiva, racional, para defender las decisiones morales. Kierkegaard, recordemos, reaccionó contra la tradición moral clásica, al insistir en que el bien más elevado para el individuo es encontrar su propia y única vocación.
El racionalismo, en cambio, al entrar en la discusión ética, llegó a promover la afirmación de que ciertas ideas morales primarias son innatas en la especie humana y que tales principios morales son evidentes en la facultad racional. Hegel plantearía que, en cuanto a la moralidad, el bien y el mal son aspectos que conciernen a la conciencia individual, desde los que se avanza hasta el nivel de la ética social ya que el deber no es, en esencia, el producto de un juicio individual, sino que fundamentalmente social.
Habermas, repensando los conceptos de razón, imagina un futuro en el que la razón y el conocimiento trabajen en pro de una sociedad mejor, y, al desarrollar una teoría sobre la racionalidad, rescatará la habilidad para pensar de forma lógica y analítica.
Una idea para el cambio humano.
Dentro de un mundo donde el hombre enfrenta innúmeros problemas, que afectan su vida y la de su sociedad, debemos preguntarnos donde están las causas del sufrimiento humano, para buscar las claves de su superación. Frente a ello existen respuestas que tienen demasiadas variables, pero, aún así, debemos necesariamente acercarnos a una comprensión ética que señale los desafíos fundamentales a resolver.
Por cierto, nuestra preocupación no tiene que ver con la preocupación psicológica más íntima, por lo demás, que tiende a ser un reflejo de su medio social, sino con la perspectiva del pensar éticamente las opciones que tiene el hombre ilustrado, especialmente del que tiene las posibilidades magisteriales, para señalar el camino correcto a las conciencias.
En ese contexto, el cambio que esperamos tiene un indiscutible alcance social, aún cuando debe producirse esencialmente en el plano de la conciencia, en lo indiscutiblemente individual. El desafío es prever los valores que regirán el comportamiento de las generaciones venideras, o mejor dicho una elaboración que apunte hacia valores que sean más conducentes a una superación de las conductas humanas equívocas, tanto en lo individual como en lo colectivo.
¿Dónde se encuentran las causas del sufrimiento humano? Las religiones han señalado que ellas se encuentran en el pecado. El budismo propone que las causas se encuentran en la sed de vida. Los griegos señalan que las causas están en el desconocimiento de si mismo. La idea matríztica de Maturana habla de que todo se origina en la matriz patriarcal-matriarcal de nuestra cultura, que nos ha sometido a relaciones de autoridad y desconfianza. Wittgenstein, reflexiona sobre las ambivalencias de los conceptos donde, por ejemplo, el científico está inmerso en un juego lingüístico diferente al del teólogo. Cualquiera sea el diagnóstico sobre las causas, la clave está indubitablemente en las conductas y los actos humanos.
Para quienes hemos optado por la opción del humanismo, por el librepensamiento y por un proyecto ético basado en un acento meliorista, centrado en las capacidades humanas de esclarecimiento y disquisición ética, el desafío que plantea la época de cambios que vivimos, radica en introducirle contenidos que impliquen un significativo aporte al encuentro del hombre con su condición social, al cambio que augure la definitiva entronización de los conceptos de fraternidad, caridad, solidaridad, tolerancia, equidad, etc. que hacen posible un estadio de convivencia superior. Para el efecto, no son los bellos consejos sino los buenos ejemplos, los elementos de juicio más consistentes y efectivos.
La gran tarea dice relación con desarrollar un sostenido esfuerzo hacia la convivencia humana, en todos los planos de asociatividad que este es capaz de construir y desarrollar, potenciando decididamente las circunstancias y condiciones que se funden en la comprensión y el diálogo, erradicando las lógicas fundadas en el antagonismo y la confrontación, desde los pequeños a los grandes lazos, desde la relación bi-personal a las relaciones inter-societales.
Sabemos que ello no puede ser posible solo con la voluntad. La educación juega un rol esencial. No podemos seguir en la perspectiva de que la educación que entregan las escuelas e institutos debe tratarse solo de un proceso de transmisión de conocimientos que aporten a desarrollar destrezas, calificaciones o especialización. Los énfasis axiológicos deben ser una de las vigas que sostenga el andamiaje educativo.
La familia es el otro escenario en que debe formarse el nuevo hombre. Un medio familiar rico en valores hace futuros adultos con fortalezas espirituales concurrentes a un buen colectivo social mejor y más vivible.
¿Será el siglo XXI aquel que se caracterice por el gran cambio cualitativo en las condiciones espirituales del hombre, que generen la emancipación del error y del descontrol en las conductas individuales y colectivas?
La experiencia nos dará la respuesta, en la medida que hoy nos pongamos a trabajar intensamente, en los ideales que caracterizan el bien, lo éticamente correcto, y la comprensión fraternal de que somos parte de una misma especie, cuya oportunidad se encuentra en esta vida.
Don Juan José Oyarzún es Escritor y Ensayista, presidente del Club de la República.
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