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Convocatoria VI Seminario Laicismo Guatemala

Personajes de Excelencia Laica

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Diplomado ILEC
Diplomado


Iniciativa Laicista para la Consolidación de la Sociedad Civil
Un Proyecto ILEC

 

Conciencia y calidad de la democracia

Adela Cortina 
catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia

Hace unos meses, la propaganda de la película Valkiria llevaba una leyenda bien impactante. Decía algo así como "mientras otros obedecían, él escuchó a su conciencia". "Él" era el coronel Von Stauffenberg, el líder del último atentado contra Hitler, alguien que no se doblegó ante lo "políticamente correcto", cuando no doblegarse implicaba exponerse a la tortura y la muerte. No sólo a no recibir el aplauso de la mayoría o a ser mal considerado, sino a perder la vida, como realmente sucedió. Gentes así despiertan admiración, o deberían hacerlo.
Como Shtrum, el personaje de Vasili Grossman en Vida y destino, el científico caído en desgracia durante el régimen de Stalin, que se niega a reconocerse culpable -porque no lo es-, aunque sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse males mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: "Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste sólo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa".

La conciencia personal frente al totalitarismo, nacionalsocialista, soviético o de cualquier otro género. La persona artífice de su propia vida, como diría Séneca, responsable de su propio destino.
Justamente, la estrategia de los totalitarismos consiste en anularla con distintas coartadas, como la tan conocida de la "obediencia debida" al Führer, al Estado soviético, al mando militar. Una coartada inadmisible en sociedades democráticas, que se caracterizan por hacer de la igual autonomía de los ciudadanos la clave de la vida social y, por lo tanto, no pueden permitirse anular las conciencias que es la forma de anular a las personas.
En estas sociedades existe la objeción de conciencia; claro está, que cualquier ciudadano puede presentarla cuando considera que una ley viola sus convicciones más profundas, aunque sólo se reconocerá el derecho a ejercerla en los casos tipificados a tal efecto, y lo que pase de ahí es desobediencia civil. Pero en esta vida no todo se agota en los reconocimientos legales ni queda asegurada la supervivencia de la conciencia personal porque exista el derecho a objetar en determinados casos. ¿Qué sucede -por ejemplo- cuando los partidos políticos se niegan a dejar libertad de conciencia a sus miembros a la hora de votar en situaciones especialmente conflictivas para ellos? ¿No es entonces la disciplina de voto una versión suave de la obediencia debida para estómagos democráticos?

Sin duda, las sociedades abiertas se enfrentan a un buen número de contradicciones, pero, precisamente por su carácter abierto, se ven obligadas a sacar a la luz los problemas, a reconocerlos como tales y a tratar sobre ellos para tratar de enfrentarlos con altura humana. Ésa es la grandeza y la responsabilidad de los mundos abiertos.

Es verdad que los partidos políticos, sean muchos o pocos, han de presentar propuestas unitarias a los ciudadanos dentro de sus programas, porque en caso contrario pierden eficacia y sentido. Parece entonces que no puede haber pluralismo interno, porque ¿cómo sabrán los electores a quién votar si hay disensiones internas? Pero tampoco se puede eludir la otra cara de la moneda: ¿qué hace un militante que está de acuerdo con su partido en la mayor parte de las propuestas pero se siente incapaz de apoyar algunas porque se lo impide su conciencia?

La calidad de una democracia representativa exige que los ciudadanos puedan esperar de los partidos que cumplan sus programas, a los que debería haberse llegado por debate interno y externo. En este cumplimiento mostrarían su operatividad y ese valor tan preciado por nuestras sociedades que se llama "eficiencia". Pero esa misma calidad de la democracia reclama que los miembros de los partidos ejerzan su libertad de conciencia, porque mal pueden contagiar pluralismo instituciones monolíticas.

El monolitismo no es un valor positivo, que atrae, sino un valor negativo, que repele, y resulta más convincente un partido -o cualquier otra institución- cuyos miembros pueden poner en duda propuestas del aparato. Recuerdo en este sentido las declaraciones de un miembro del PSOE, alcalde en un pueblo de Alicante, que aseguraba haber probado durante años el agua de las desalinizadoras y haber llegado por experiencia a la conclusión de que era mejor un sistema mixto, porque el agua que es buena para las personas no lo es tanto para la agricultura. Ante la pregunta del periodista "¿cómo dice eso siendo del partido que es?", la respuesta era extraordinaria: "No me sentiría a gusto en mi partido si no dijera lo que he comprobado por experiencia".

Por supuesto que el que expresa su libre conciencia se puede equivocar, por supuesto que existen los iluminados peligrosos. Pero bien puede ocurrir que una persona, a pesar de intentar aceptar al máximo lo que le une a la mayoría, de un partido o de una sociedad, acabe pronunciando la famosa frase de Lutero: "No puedo más, aquí me detengo". En un sentido o en otro. Anular esa posibilidad es apostar por la Raza, por el Estado o por el Partido, por lo contrario de la sociedad abierta.

 

***

 

 

DOS APORTES DESDE CONCEPCIÓN.

Ponemos en conocimiento de nuestra Red, dos aportes del Centro Cultural y Social Seamos Más de Concepción. Su primer boletín, adjuntado en .pdf y el discurso de Manuel González Prada, del 28 de agosto de 1898, para una conferencia de la Liga de Librepensadores de Perú. Por problemas con las autoridades locales, el discurso no pudo ser leído, quedando su texto como testimonio intelectual de gran valor que sigue manifestando su indiscutible fundamento.

DISCURSO SOBRE EL LIBREPENSAMIENTO DE MANUEL GONZÁLEZ PRADA (1898).

Doy las más sinceras gracias a los miembros de la Liga por haberme brindado su tribuna, a mí que no formo parte de esa corporación llamada a trazar hondos surcos en nuestra vida social.

Diré algo del librepensamiento silencioso, del hablado y señaladamente del que produce mejores frutos, el de acción en su concepto más amplio.

I.

La libertad de pensar en silencio no se discute, se consigna. Como nadie trepana la bóveda de nuestro cráneo para escudriñar la fermentación de las ideas, hablamos con nosotros mismos sin que nuestras voces interiores vayan a resonar en tímpanos ajenos ni a grabarse en cilindros fonográficos. Lejos de inquisidores y tiranos, poseemos un asilo inviolable donde rendimos culto a los dioses que nos place, donde erigimos un trono para los buenos o un patíbulo para los malos.

Ese librepensamiento no sirve de mucho en los combates de la vida, y el hombre que le ejerce no pasa de un filósofo egoísta, infecundo, en una palabra, neutro. ¿Qué vale condenar en el fuero interno las supersticiones, si a la faz del mundo las aprobamos tácitamente? ¿De qué aprovecha estrangular imaginariamente a los criminales, si realmente les tendemos la mano de amigo? ¿Qué bien reportan a la Humanidad los sabios que se emparedan en su yo, sin comunicar a nadie la sabiduría? Linternas cerradas, alumbran por dentro.

Cuando se abriga una convicción, no se la guarda religiosamente como una joya de familia ni se la envasa herméticamente como un perfume demasiado sutil: se la expone al aire y al Sol, se la deja al libre alcance de todas las inteligencias. Lo humano está, no en poseer sigilosamente sus riquezas mentales, sino en sacarlas del cerebro, vestirlas con las alas del lenguaje y arrojarlas por el mundo para que vuelen a introducirse en los demás cerebros. Si todos los filósofos hubieran filosofado en silencio, la Humanidad no habría salido de la infancia y las sociedades seguirían gateando en el limbo de las supersticiones.

Las verdades adquiridas por el individuo no constituyen su patrimonio: forman parte del caudal humano. Nada nos pertenece, porque de nada somos creadores. Las ideas que más propias se nos figuran, nos vienen del medio intelectual en que respiramos o de la atmósfera artificial que nos formamos con la lectura. Lo que damos a unos, lo hemos tomado de otros: lo que nos parece una ofrenda no pasa de una restitución a los herederos legítimos. Mas, aunque no fuera así, ¿cabe don más valioso que el pensamiento? Al dar el corazón a los seres que nos aman, les pagamos una deuda; al ofrecer el pensamiento a los desconocidos, a los adversarios, a nuestros mismos aborrecedores, imitamos la inagotable liberalidad de la Naturaleza que prodiga sus bienes al santo y al pecador, a la paloma y al gavilán, al cordero y al lobo.

Más de dos mil años hace que el primero de los filósofos chinos decía: Dad mucho, recibid poco. Este brevísimo consejo entraña una lección de inefable desprendimiento, de inmensa caridad. Pero los librepensadores silenciosos no quieren disfrutar la suprema delección de otorgarse sin reserva, y prefieren vivir tranquilos, felices, nunca turbados en sus impiedades ni en sus digestiones. Favoreciéndoles mucho, debemos compararles con los ríos subterráneos que se dirigen al mar, sin haber apaciguado una sed ni fecundado una semilla.

II.

Si el librepensamiento mudo funciona sin perturbar la calma del filósofo, no sucede lo mismo con el librepensamiento hablado y escrito. El hombre que en sociedades retrógradas habla y escribe con valerosa independencia, suscita recriminaciones y tempestades, aventurándose a sufrir los anatemas del sacerdote, los atropellos del mandón y los impulsivos arranques de la bestia popular.

Nadie ataca un privilegio ni ridiculiza una superstición sin que mil voces le maldigan ni mil brazos le amenacen. Todos condenan un error, todos se duelen de una injusticia; pero la Humanidad encierra tanta abyección y tanta cobardía, que en el fragor de la lucha suele unirse con sus torsionarios para combatir a sus defensores. A veces, no hay crimen tan imperdonable como hablar lo que todos piensan o decir a gritos lo que todos murmuran a media voz. En el reinado de la iniquidad y la mentira se clama por un verbo que fustigue a los criminales; mas, cuando el verbo truena sin hipocresías ni melosidades, entonces los más fervientes amigos de la verdad hacen los mayores aspavientos y fulminan las más ruidosas protestas.

Para merecer el título de buen ciudadano y figurar en la clásica nómina de los hombres cuerdos, se necesita conformarse a los usos y prejuicios de su tiempo, venerando los absurdos de la religión en que se nace, justificando las iniquidades de la patria en que se vive. Nada de romper el molde antediluviano ni querer aletear fuera de la jaula prehistórica. Nada tampoco de oposiciones ni de intransigencias: la moralidad se resuelve en la transigencia con las inmoralidades ambientes, la virtud se reduce a un oportunismo hipócrita y maleable. Cuando se diga, pues, de un hombre: Cumplidor de las leyes, tradúzcase: Naturaleza servil. La perfección moral de casi todos los buenos señores de la nómina se condensa en tres palabras: Almas de lacayo.

De ahí que el expresarse con suma independencia revele audacia y dé visos de sinceridad. Sin embargo, el librepensamiento de oradores y publicistas sufre muy groseras falsificaciones: tal vez los hipócritas de la incredulidad abundan más que los hipócritas de la fe. Quizá Tartufo dejó menos prole que Homais. Algunas veces hay más audacia en llamarse creyente que en decirse librepensador.

Al hablar de librepensamiento ¿cómo no recordar a los librepensadores nacionales? Si la milenaria historia del Cristianismo se reduce a monótona y pesada enumeración de herejías, los breves anales de nuestro librepensamiento se condensan en una serie de renuncios y palinodias. Por la firmeza de un Vigil y de un Mariátegui, ¡cuántas prevaricaciones en la edad provecta a la hora de la muerte! ¿Dónde están aquí los perseverantes y los firmes? Quien ha vivido algún tiempo y vuelve los ojos para buscar a los que un día le acompañaron en las luchas por la razón y la libertad, sólo divisa una desbandada legión de apostatas y renegados.

De los dieciocho a los treinta años germina en muchas cabezas un librepensamiento fogoso y batallador; mas de los treinta en adelante, ¡adiós batallas, adiós fogosidades! Y regla infalible: los más energúmenos acaban por más seráficos; la reculada viene en proporción del salto. De los tranquilos aguardemos la firmeza, de los violentos temamos la claudicación.

Aquí reina, pues, lo que llamaríamos el cefalismo, queremos decir, la incredulidad en la juventud, la gazmoñería en la vejez. Platón habla de un Céfalo que habiendo comenzado por reírse de las supersticiones vulgares, concluyó por tomarlas a lo serio cuando vio que le asomaban las arrugas y las canas. Sin que aún existiera el idioma de Cervantes, el buen Céfalo practicaba un refrán castellano: De mozo a palacio, de viejo a la iglesia. Ese griego nacido algunos siglos antes de la era cristiana ¿no sirve de modelo a muchos librepensadores del siglo XIX? Prueba que la reculada senil puede realizarse en todas las naciones y en todas las épocas. Nada de extraño que los viejos de hoy copien fielmente a los viejos de ayer: al ir perdiendo la vida, ganamos el miedo a la muerte; al acordarnos mucho del cielo, pensamos muy poco en la dignidad de la existencia. El viejo es un niño triste, que la vejez se parece a la infancia como la tarde a la aurora.

Algunos de nuestros librepensadores no necesitan de canas ni de arrugas para retroceder hacia la mentalidad de abuelas y nodrizas: les basta un revés de fortuna, la muerte de una persona querida o el asalto de una enfermedad grave. ¡Seres dichosos! la gracia eficaz se les introduce con los esporos del aire y las triquinas del salchichón. Otros librepensadores realizan un cambio de frente, sin que en la evolución intervengan enfermedades, muertes ni desgracias: les sobra con un buen matrimonio. ¡Seres más dichosos! hallan el Catolicismo en los legajos de una dote, descubren a Dios en el moño postizo de una vieja rica.

Lo que no les ruboriza ni les interrumpe ninguna de las funciones orgánicas. Hay animales inferiores que tranquilamente siguen su vida aunque les volvamos del revés, practicando con ellos la misma operación que hacemos con un guante o con la funda de un paraguas. Si en algunos librepensadores criollos efectuamos cosa igual, seguirán viviendo con una sola diferencia -la de haberse metamorfoseado en curas. Lo mismo sucedería con los masones peruanos; así que donde se tenga un Gran Maestre de Biblia y Gran Arquitecto se puede obtener un jesuita o un dominico. Lo volveremos a decir: tanto los librepensadores a la criolla como los masones bíblicos y deícolas, son curas al revés.

En resumen, casi todos los librepensadores nacionales vivieron pregonando las excelencias de la Razón y murieron acogiéndose a las supersticiones del Catolicismo: hubo en ellos dos hombres: el de las frases y el de los actos. Los mudos o linternas sordas no causaron bien ni mal; pero los bulliciosos o histriones de pluma y de palabra, desacreditaron la idea, produjeron enorme daño, haciendo que los hombres de buena fe se retrajeran y callaran por miedo de figurar en tan ridícula y abominable compañía.

III

Algo vale extender la mano para señalar el camino donde conviene marchar; pero vale más ir delante marcando con sus huellas el rumbo que ha de seguirse: un buen guía suple a cien direcciones indicadas en cien postes. A cuantos surjan con humos de propagandistas y regeneradores, no les preguntemos cómo escriben y hablan, sino cómo viven: estimemos el quilate de las acciones indefectibles en lugar de sólo medir los kilómetros de las herejías verbales. ¿Existe ya una ley de matrimonio entre los no católicos? pues úsenla sin embargo de toda su deficiencia. ¿Existen escuelas regentadas por seglares? pues no eduquen a sus hijos en planteles fundados por las congregaciones. ¿Existe un cementerio laico? pues ordenen que sus muertos vayan a reposar sin agua bendita ni responsos. No quieran avenir a Diderot con el ínter de la parroquia ni amalgamar consejas de la Biblia con leyes de la Naturaleza; y piensen que la vitalidad de las religiones se basa en la indolencia de los incrédulos, así como la fuerza de los gobiernos inicuos se funda en la apatía de las muchedumbres.

Aunque los librepensadores guarden fidelidad a su doctrina y armonicen las palabras con los actos, merecen una grave censura cuando eliminan las cuestiones sociales para vivir encastillados en la irreligiosidad agresiva y hasta en la clerofobia intransigente. ¿Cómo no reírse de los Torquemada rojos, de los Domingo de Guzmán por antítesis, de los inquisidores laicos, dispuestos a encender hogueras y parodiar los autos de fe? No sólo de pan vive el hombre, nos dice el Evangelio; digamos a nuestra vez: no sólo de curas vive el librepensador.

 

Más algunos fanáticos no salen de su monomanía anticlerical y viven consagrados a perseguir sotanas en las celdas de las monjas, o sorprender enaguas en las alcobas de los presbíteros. Al probar que no existe cura sin moza ni sobrinos, se imaginan haber derribado el Catolicismo. Budas de nuevo linaje, se hallan hipnotizados por la contemplación de un solideo. Para ellos, nada importan los crímenes sociales ni las extorsiones políticas; lo grave, lo clamoroso, lo insufrible es que un tonsurado se refocile con el ama de llaves. Altivos rechazan la imposición moral del poder religioso, mientras soportan humildes la coerción del poder civil. Se vanaglorian de no arrodillarse en una iglesia, y lamen las alfombras de un palacio; se yerguen ante un obispo, y se doblegan en presencia de un alguacil; se sienten capaces de abofetear a Jesucristo, y carecen de hígados para sofrenar a un portero.

No queremos ni podríamos negarlo: el sacerdote hace el papel de una montaña sombría y escabrosa, interpuesta en el camino hacia la luz; pero el juez que vende la justicia, el parlamentario que tiene por única norma los caprichos del mandón, el capitalista que se adueña de los productos debidos al sudor ajeno, el soldado que descarga su rifle en una masa de obreros inermes ¿no causan tantos males y no merecen tanto vilipendio como el sacerdote? Hay que perseguir a los zorros, sin olvidar a los leones. A la vez que se derrumba mitos y se desinfecta el cielo, se debe combatir a los felinos y sanear el Planeta. Para conseguir la redención del hombre, no basta derrocar a ese Dios impasible y egoísta que eternamente cabecea en lo Infinito, mientras el Universo se retuerce en el dolor, la desesperación y la muerte.

El librepensador que, llamándose a la neutralidad política, ve con indiferencia las iniquidades y los derroches de un gobierno tiránico, nos parece tan censurable como el estadista que, alegando la neutralidad religiosa, presencia con olímpica serenidad el predominio del clero y la difusión de las ideas ultramontanas. El librepensamiento no debe renunciar a la política por una razón: los políticos no se olvidan de los librepensadores. Todo Político de mala ley presiente un adversario en todo pensador de tendencia irreligiosa, presentimiento muy racional, pues quien hoy se subleva contra las autoridades que presumen bajar del cielo, mañana suele rebelarse contra los déspotas que surgen de la Tierra. A más, el que vive a las orillas de un río puede no acordarse de las aguas; pero las aguas no se olvidan de él cuando el río sale de madre. No sirven torres de marfil ni montañas de cumbres inaccesibles. Al estallar las convulsiones sociales, llega el momento en que los más pacíficos y más indiferentes a la cosa pública se ven sacudidos y aplastados: no habiendo querido actuar como personajes del drama, figuran como víctimas en el desplome del edificio.

El librepensamiento, ejercido con semejante amplitud de miras, deja de ser el campo estrecho donde únicamente se debaten las creencias religiosas, para convertirse en el anchuroso palenque donde se dilucidan todas las cuestiones humanas, donde se aboga por todos los derechos y por todas las libertades. Al sólo defender la de escribir y de hablar, se aboga tal vez por los intereses de algunos privilegiados. Las muchedumbres se fijan muy poco en la libertad de la pluma porque no escriben ni se desvelan en la lectura; menos se interesan en la libertad de palabra porque no echan discursos ni se gozan en escucharles; ellas piden libertad de acción porque la necesitan para solucionar los graves problemas económicos. Esa Francia del 89 y del 48, donde todavía se descarga el palo en los manifestantes de bandera roja y se disuelve a tiros las aglomeraciones de huelguistas, nos dice muy bien que dar al hombre la libertad de pluma y de palabra sin concederle la de acción, es negarle lo principal y otorgarle lo accesorio. De ahí que todo librepensador, si no quiere mostrarse ilógico, tiene que declararse revolucionario.

Lo repetimos: con semejante amplitud de miras, se sale del librepensamiento (que hasta hoy no ha significado sino irreligión y anticlericalismo) para entrar en el pensamiento libre que entraña la defensa por la total emancipación del individuo. Es la tendencia que nos parece vislumbrar en la Liga de Librepensadores, institución fundada y mantenida por hombres que actuaron o siguen actuando en sociedades tan marcadamente luchadoras como el Círculo Literario y la Unión Nacional.

En fin, señores: ya que por algunos momentos nos hemos reunido aquí para ensanchar el ánimo en una atmósfera de verdad y tolerancia, no nos separemos sin el buen propósito de corroborar con los actos la firme adhesión a las ideas emitidas con las palabras. Sincera y osadamente formulamos nuestras convicciones, sin amedrentarnos por las consecuencias, sin admitir división entre lo que debe decirse y lo que debe callarse, sin profesar verdades para el consumo del individuo y verdades para el uso de las multitudes. Erradiquemos de nuestras entrañas los prejuicios tradicionales, cerremos nuestros oídos a la voz de los miedos atávicos, rechacemos la imposición de toda autoridad humana o divina, en pocas frases, creémonos un ambiente laico donde no lleguen las nebulosidades religiosas, donde sólo reinen los esplendores de la Razón y la Ciencia. Procediendo así, viviremos tranquilos, orgullosos, respetados por nosotros mismos; y cuando nos suene la hora del gran viaje, cruzaremos el pórtico sombrío de la muerte, no con la timidez del reo que avanza en el pretorio, sino con la arrogancia del vencedor romano al atravesar un arco de triunfo.

 

 

***

 

HOMENAJE AL LIBERTADOR O´HIGGINS

 

(Fragmento)

 

Rodolfo Pereira  Albornoz

Con patriótico sentimiento de admiración y respeto, en el mes de la glorias del Ejercito de mi Patria, me place recordar al insigne Padre de la Patria, Libertador y Director Supremo don Bernardo O’higgins, fundador de nuestra Nacionalidad, oportunidad asimismo para conmemorar  y homenajear al artífice y gestor del poderío marítimo Nacional, al hombre soñador de quimeras, que cimentaron la voluntad y las acciones necesarias, de expandir nuestra soberanía, a los límites que hoy enmarca esta simbiosis única de mar y tierra que es nuestra Nación.

Así como el culto a las enseñanzas y valores que se heredan de sus padres es factor aglutinante de la unidad de las familias, así también el culto a los héroes patrios y al ejemplo que con su conducta nos legaron, contribuye a forjar la unidad de la nación.

La figura señera del libertador de Chile Bernardo O'Higgins Riquelme, sobre cuya vida y obra numerosos historiadores nos informan, sin duda ha marcado los lineamientos generales de nuestra historia, y sintetiza para todo chileno el deber ser ciudadano porque en él se reconocen  los orígenes de nuestra república y el inicio de nuestra institucionalidad jurídica y política. Su espíritu ilustrado, producto de su educación internacional, educado en Chile, en Lima e Inglaterra, le permitió adquirir una cultura que no era corriente, --era superior—para su época. De gran sensibilidad, con variado gusto artístico y muy sereno, fue una amalgama de ciudadano,  soldado y estadista.

Consecuentemente, escribir, sobre el Padre de la Patria, Bernardo O'Higgins, es como ya se ha indicado, escribir de la vida cívica política y republicana de nuestro país, escribir  de nuestras raíces, su proceso de evolución y desarrollo como nación y escribir de su proyección cada día más sostenible hacia el mundo.

 

Dada las razones anteriores, permítanme precisar brevemente el pensamiento y obra del Padre de nuestra Patria, enfocándolo sólo hacia un aspecto, de otros muchos sobre los cuales existe nutridos aportes históricos de destacadas figuras académicas de nuestro país y del extranjero, me referiré a su preclara capacidad para entender el devenir de una Patria en construcción y su enorme aporte en la formación de la conciencia ciudadana sembrando principios y valores que constituyen la base de nuestra historia cívica política republicana y democrática, todo lo cual, se sustenta en la Educación recibida.

 

 

 

O´Higgins sus valores y enseñanzas.

 

 

 

Patriotismo. Naturalmente, Bernardo O'Higgins se nos aparece a todos los chilenos, como uno de los símbolos de amor a la Patria, él mismo lo testimoniaba  en alguna ocasión, en estas palabras tan significativas que textualmente dice: "El sentimiento que debe ser más grato a nuestro corazón, después del amor que debemos al Creador, es el amor a la Patria".

 

El cultivó ese sentimiento, y a su Patria entregó toda su capacidad, toda su energía, toda su vida. Y lo hizo demostrando, sobre todo, un enorme coraje. O'Higgins es símbolo de valentía, es el hombre que no tiene miedo, que supera al miedo, que vence al miedo por al Valor Superior de la Patria. Posee audacia para arriesgar la vida una y otra vez en defensa de este valor, en El Roble, Rancagua, Cancha Rayada, Lircay, Chacabuco y Maipú, poniendo  en evidencia esta virtud superior de su valor

 

Su arenga en El Roble hace historia. Es expresión de su sentimiento profundo: "O vivir con honor o morir con gloria! El que sea valiente, sígame! ". Ese llamado al valor ha traspaso nuestro espíritu y ha cruzando el tiempo.

 

 

 

Vocación de servicio.

 

Este compromiso superior, le impulsa a dejar su vocación de labrador para consagrarse a su otra gran vocación: El Servicio Público. Como servidor público es  subdelegado de La Laja; diputado por Los Ángeles al Congreso Nacional de 1811; militar, calidad que logra con auto formación en la disciplina militar, área en la que  desde Teniente Coronel llega  a ocupar el grado de Capitán General de la República; Director Supremo de la Nación,  en síntesis  un hombre entregado al servicio público.

 

Servicio público que ejerce porque su vida es un continuo tributo a su patria, reconocido en un gran desinterés personal, esto lo refrenda cuando decide embarcarse en esa empresa, y en carta al general Mackenna señala que, "tenía mucho que perder y nada que ganar", afrontando con absoluto desinterés su actuación pública. Su servicio a Chile da cuenta de sus despreocupación completa  de sus asuntos personales aún de su propia vida, sin dejar espacio a duda alguna cuando en uno de los actos  más grandiosos, frente a la incomprensión de que era objeto y al sentimiento popular que le reclamaba dejar el gobierno, abdicó  del poder, se despoja de sus privilegios y acepta la dura experiencia del exilio.

 

 

 

Consecuencia. Este concepto, "consecuencia" entendido como  la capacidad de adecuar la conducta a los principios y valores en que se cree, en que los hechos correspondan a las palabras, que se predique y se practique. Es decir, que entre el actuar y los ideales, los valores, haya una adecuada correspondencia. Este es el sello que lo acompaña toda su vida, en sus distintos actos, en el desinterés con que actuó, en su disposición a hacerse a un lado en más de alguna oportunidad y en su disposición a aceptar responsabilidades que muchas veces él mismo no quería, el denominador común que demostró Bernardo O'Higgins es la Consecuencia.

 

Todas estas virtudes, Patriotismo, vocación de servicio y consecuencia  las puso O'Higgins al servicio de un ideal superior, construir una PATRIA LIBRE, INDEPENDIENTE, SOBERANA.

 

Desde otro ángulo del análisis, se tiene su ideario político, que responde a la interrogante ¿Qué rasgos caracterizan el pensamiento y la acción de O'Higgins?

 

Lo que podría llamarse, su "ideario político", que para efectos de este breve documento destaco y creo de gran relevancia reflexionar.

 

 

 

Ideario político de O'Higgins  reúne los elementos fundamentales del quehacer de O'Higgins como hombre de Estado, los que a su vez configuran su "legado político", expresado en su espíritu democrático, su respeto al derecho y su fe en las instituciones, su sentido social, su voluntad realizadora y su visión de futuro.

 

Es muy importante, especialmente en nuestro Instituto como en la comunidad nacional, que se  reflexione sobre estos valores y por ende todos los chilenos debiéramos asimilar y compartir, como parte de nuestra responsabilidad ciudadana y como resultados de la vocación histórica nacional de todos los habitantes de esta nación.

 

 

 

Su espíritu democrático. O'Higgins es un demócrata, cree en el derecho del pueblo de gobernarse por sí mismo y cree en la igualdad esencial de todos los hombres. Las circunstancias primigenias de su vida, su origen, su delicado período de infancia y de adolescencia, luego las enseñanzas de Miranda en Inglaterra, llevaron al joven O'Higgins a abrazar con fervor los ideales de libertad, igualdad y fraternidad expresados por la Revolución Francesa, porque cree que los hombres tienen capacidades y que éstas pueden pronunciarse  en la voluntad popular, ahí nace la necesidad que busca legitimar el poder político mediante asambleas legislativas representativas del pueblo. El espíritu democrático se hace obra cuando Patrocina la formación del Primer Congreso Nacional, patrocinio  que debe explicar ante las dudas de Martínez de Rozas, quien abrigaba cierta desconfianza de la capacidad de un Congreso para decidir los rumbos del proceso nacional, Bernardo O'Higgins le concede que por carencia de cultura, ese Congreso podría hacerse "reo de toda clase de insensateces", pero al mismo tiempo le convence que es preciso confiar y empezar de una vez, argumentando que "la reunión de una asamblea legislativa, serviría para avivar el proceso revolucionario y para evitar que la Junta cayera en el mismo sistema autoritario de la Colonia".

 

Estos criterios fundantes de su espíritu democrático, lo llevan a impulsar la generación del Primer Congreso Nacional de 1811, del que fue miembro, más tarde como Director Supremo teniendo  en sus manos todo el poder político, no abusa de su poder, ni se olvida de sus principios y busca generar una Convención representativa de la nación que genere la que será la Constitución de 1822. En sus palabras se reconoce una vez más su espíritu democrático: "Conozco bien -dijo a esa Asamblea- que esta Honorable Convención no reviste todo el carácter de representación nacional como se tiene en otros países constituidos y que gozaremos después. Siendo una reunión popular respetable, y la única que legalmente se podía tener por ahora, yo le dirijo la palabra como si estuviese congregado en esta sala todo el pueblo chileno, cuyos intereses he mirado como padre".

 

A este criterio democrático se adiciona también su espíritu igualitario, O'Higgins abomina las diferencias sociales, y consecuente como es, dispone, en 1817, la abolición de los títulos de nobleza y prohíbe el uso de escudos de armas. Fundamenta esta última decisión así: "Si en toda sociedad debe el individuo distinguirse solamente por su virtud y mérito, en una República es intolerable el uso de aquellos jeroglíficos que anuncian la nobleza de los antepasados... El verdadero ciudadano, el patriota que se distingue en el cumplimiento de sus deberes, es el único que merece perpetuarse en la memoria de los hombres libres".  Va más lejos aún que sus contemporáneos de América, y sus ideas igualitarias se materializa en la dictación de la  carta de ciudadanía, reflejo su tremendo espíritu igualitario, espíritu que traspasa el tiempo,  ideas que hasta el día de hoy tienen vigencia, dice el documento,  “Son ciudadanos Chilenos todos los habitantes de este país, inclusive los denominados indios, a contar de esta fecha serán denominados todos ciudadanos chilenos”.

 

 

 

Su respeto al derecho y la fe en las instituciones. O'Higgins rechaza el poder arbitrario, cree en el derecho, en la ley, como instrumento regulador de la vida social y del ejercicio del poder, y busca organizar la República sobre bases constitucionales permanentes. Se ha escrito -con razón- que "con la emancipación, todos los pueblos de América Hispana tuvieron que resolver el arduo problema de organizar el Estado, de adaptar la vida política entera a los nuevos ideales proclamados en la revolución de la Independencia. En casi toda Hispanoamérica, los intentos realizados para solucionar este problema, condujeron a un largo y doloroso período de anarquía, de cuartelazos, de sangrientas revoluciones y de caudillismo, que siguió a la emancipación. En Chile, en cambio, la lucha por la organización del Estado es una etapa breve, no alcanza dos décadas".

 

Es una gran tentación olvidar el aporte de los patriotas que se multiplicaban para abordar temas tan diversos como la obtención de la Libertad, la creación de nuestra institucionalidad y las tareas cotidianas de la vida económica y social del pueblo chileno,  más aún es  frecuente que se atribuya la institucionalización del Estado chileno, casi exclusivamente al genio político de Portales. No es justa esa apreciación,  Portales, con Egaña y Bello, culminan un proceso iniciado en la Patria Vieja, con el Reglamento Constitucional Provisorio de 1812, y proseguido en la Patria Nueva, con las Constituciones de 1818 y 1822, sin esos soportes sólidos en los que O'Higgins contribuye decisivamente, este proceso de institucionalización no hubiese sido posible.

 

El profesor Julio Heise, en su opúsculo "Ciento cincuenta años de evolución institucional", nos lo recuerda, indicando: "Después del triunfo de Chacabuco, la propia aristocracia investirá a O'Higgins de poderes discrecionales para proseguir la guerra contra España. El prócer nunca ambicionó el poder, no tuvo vocación de caudillo militar ni de dictador. El mismo año en que el patriciado le entregó el mando supremo, sin limitación de plazos ni de poderes, el propio Director Supremo hizo elaborar el Plan de Hacienda y Administración Pública, especie de Código de régimen interior, en el cual se auto elimina el poder discrecional con que había sido investido. En los seis años de gobierno de don Bernardo O'Higgins, Chile vivió un autoritarismo legal. El prócer nunca hizo imposible la existencia de la ley, tuvo un claro concepto de la vida ciudadana que lo llevó siempre a respetar la norma jurídica. Es preciso no confundir el autoritarismo legal con la dictadura". Agrega

 

"A raíz del triunfo de Maipú, la aristocracia chilena estimó que habían desaparecido las circunstancias que justificaban los poderes discrecionales acordados al prócer. Con notable espíritu cívico, O'Higgins adhiere a los propósitos de la ciudadanía designando una Comisión Constituyente que se encargó de estudiar y redactar la Carta Fundamental de 1818, que rigió con perfecta regularidad durante más de tres años. Mientras estuvo en vigencia esa Constitución, su poderosa autoridad legal respetó siempre las atribuciones del Senado, y en 1823 prefirió abandonar el poder a seguir gobernando sin el apoyo de la ciudadanía, cuyas aspiraciones ya no traducía".

 

 

 

Su sentido social. O'Higgins tenía claramente un sentido social muy desarrollado, y lo demuestra en múltiples actos y expresiones a lo largo de su vida, su sentimiento igualitario de los hombres, la valoración del mérito por sobre los privilegios y su especial preocupación por los más desvalidos, éste último aspectos registrado en el artículo 13 del capítulo sobre "Los derechos del hombre en sociedad", de la Constitución Provisional de 1818, que estableció que "El Director Supremo y demás funcionarios del Estado, están esencialmente obligados a aliviar la miseria de los desgraciados y proporcionarles a todos los caminos de la prosperidad". Una vez más su pensamiento escrito nos muestra que O'Higgins entendía que es función del Estado, como órgano de la sociedad constituida, preocuparse especialmente de la suerte de los más desvalidos, que debe crear condiciones de equidad  que abran el camino y las puertas del progreso para todos.

 

En este campo, merece destacarse especialmente la preocupación de O'Higgins por la educación y por la salud. Estos anhelos de bienestar y educación, estas inquietudes, este afán institucionalizador, esta vocación de servicio social, los concreta O'Higgins en un rasgo de su trayectoria política, la  voluntad y capacidad realizadora.

 

O'Higgins entiende que los anhelos de progreso, y de lo que ahora llamamos "justicia social", no pueden quedarse en la expresión de buenos propósitos entregados a la iniciativa de cada cual. Exige del gobierno acciones concretas para convertirlos en realidad. Para ello crea escuelas, reabre el Instituto Nacional, funda en 1817 la Academia Militar y en 1818 la Academia de Guardiamarina, orígenes de nuestras Escuela Militar y Naval; funda bibliotecas; salas de música; organiza el Museo y el Jardín Botánico; exime de derechos y tasas de correo la circulación de libros y papeles públicos; se preocupa de la salud, crea la Junta de Salubridad, funda hospitales y cementerios; crea mercados; transforma el brazo derecho del Mapocho en la Avenida de las Alamedas; impulsa la construcción del Canal del Maipo para fomentar el regadío y la producción agrícola; promueve la pesca; organiza la Administración Pública y, en especial, la Administración de Justicia; regula las aduanas, los puertos y los pasos cordilleranos, las importaciones y las exportaciones. Su gobierno es un gobierno realizador, y revela una voluntad indomable en el propósito de cumplir, de traducir en hechos concretos, sus propósitos de gobernante.

 

 

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UN LIBRO PARA EL DEBATE

 

En las principales librerías del país, ha aparecido el libro "Internacionalización y expansión de las empresas eléctricas españolas en América Latina",  del autor Patricio Rozas, publicado con el apoyo de la CEPAL y de la Editorial LOM.

En este libro se analiza el impacto de la inversión hispana sobre la industria eléctrica latinoamericana, especialmente en relación con la ampliación, diversificación y modernización de la matriz energética de cada país, concluyendo que en la mayoría de los casos los resultados han sido precarios, muy al contrario de lo que muchos esperaron, especialmente quienes impulsaron y defendieron la privatización de las empresas eléctricas y la llegada de los capitales españoles como símbolo de la modernidad, participando incluso en algunos de sus directorios.

En los tres grupos investigados (ENDESA, IBERDROLA y Unión FENOSA), la matriz energética de sus filiales latinoamericanas se muestra menos diversificada que en los países ibéricos y no ha mostrado cambios relevantes a lo largo de los últimos años, lo cual quiere decir que estas empresas tienen una significativa cuota de responsabilidad en la precaria condición energética de nuestros países. Esta situación contrasta abiertamente con el importante proceso de modernización que estas mismas empresas han emprendido en España durante el mismo período conforme lo demuestro sobre la base de los antecedentes oficiales de las mismas empresas.

Para llegar a esta conclusión (que pone en cuestión todo el discurso favorable a la inversión extranjera divulgado por años), el libro hace un prolijo análisis de las razones de la internacionalización y expansión en América Latina de los tres grupos eléctricos españoles, las estrategias de inserción seguidas indistintamente por estas empresas según los sistemas eléctricos de los países latinoamericanos, sus marcos normativos e institucionales y la perspectiva de desarrollo de sus respectivos mercados; las decisiones adoptadas por las empresas españolas para hacer frente a los críticos escenarios que se configuraron en los primeros años de la década del 2000, y que en varios casos significaron el retiro de importantes operadores estadounidenses y europeos del mercado eléctrico latinoamericano; y el perfil actual de la inserción de los grupos eléctricos españoles en América Latina, sus implicancias de política y los desafíos regulatorios que éstas representan.

En definitiva, en este libro he intentado mostrar de qué manera algunas de las recetas surgidas en el denominado “Consenso de Washington” a fines de los años ochenta e implementadas con entusiasmo por dictaduras y posteriores gobiernos civiles, han creado una situación límite en uno de los sectores claves del desarrollo de nuestros países, comprometiendo nuestras posibilidades de crecimiento futuro.

Convencido de la necesitad de repensar sobre las diversas implicancias que este proceso tiene en la construcción de una sociedad más justa y equitativa, más solidaria y fraterna, el autor del libro, que forma parte del movimiento laicista chileno, sostiene el propósito de romper las barreras del silencio impuestas por quienes controlan los principales medios de comunicación del país, preocupados en el mejor de los casos de no enemistarse con algunos de sus avisadores más importantes (ENDESA, Chilectra, etc.), y preferentemente, de neutralizar cualquier pensamiento crítico del orden social, económico y político imperante en el mundo

 

¿Es la religión enemiga de la civilización?
 

GIANNI VATTIMO, filósofo y político italiano

En el mundo actual, las Iglesias se han convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la "salvación", sea eso lo que sea. Sobreviven porque sus jerarquías quieren conservar el poder y sus privilegios.
 

Todos recordamos seguramente la famosa frase de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Y también su cláusula: Dios seguirá proyectando su sombra en nuestro mundo durante mucho tiempo. ¿Qué pasaría si aplicáramos la frase de Nietzsche también, y sobre todo, a las religiones? En muchos sentidos, es verdad que, en gran parte del mundo contemporáneo, la religión como tal está muerta, pero todavía proyecta sus sombras en numerosos aspectos de nuestra vida privada y colectiva.

Por cierto, dejemos claro que el Dios cuya muerte anunció Nietzsche no es necesariamente el Dios en el que muchos de nosotros seguimos creyendo; yo me considero cristiano, pero estoy seguro de que el Dios que estaba muerto en Nietzsche no era el Dios de Jesús. Incluso creo que, precisamente gracias a Jesús, soy ateo.

El Dios que murió, como dice el propio Nietzsche en algún lugar de su obra cuando le llama "el Dios moral", es el primer principio de la metafísica clásica, la entidad suprema que se supone que es la causa del universo material y que requiere esa disciplina especial llamada teodicea, una serie de argumentos que tratan de justificar la existencia de ese Dios o esa Diosa frente a los males que vemos constantemente en el mundo.

La tesis que quiero presentar aquí es que las religiones están muertas, y merecen estar muertas, tal como Nietzsche habla de la muerte de Dios. No sólo están muertas las religiones morales, en el sentido más obvio de la palabra: desde dentro de la sociedad cristiana y católica de Europa, es fácil ver que son muy pocos los que observan los mandamientos de la moral cristiana oficial. Lo que está muerto, en un sentido más profundo, son las religiones "morales" como garantía del orden racional del mundo.

La institucionalización de las creencias, que dio origen a las Iglesias, incluyó (no sé si sólo en la práctica o como factor necesario) una reivindicación del poder histórico, en el sentido de que era casi natural y necesario que una religión moral se convirtiera en una institución temporal poderosa.

Es lo que parece haber ocurrido con el catolicismo, pero se pueden ver muchos otros fenómenos similares en la historia de otras religiones. Incluso el budismo engendró un Estado, el Tíbet de los lamas, que ahora lucha por sobrevivir frente a China. En todas partes -por ejemplo, en el hinduismo-, el mismo hecho de que exista una diferencia entre clérigos y legos hace que la religión se convierta en una institución, cuyo objetivo principal es siempre su propia supervivencia. Mencionaré de nuevo el ejemplo de la Iglesia católica: si no hubiera sobrevivido a lo largo de los tiempos, yo no habría podido recibir el Evangelio, la buena nueva de la salvación.

Una vez más: como en el caso de la muerte de Dios de Nietzsche, la muerte de las religiones institucionalizadas no significa que no tengan legitimidad. Sencillamente, llega un momento en el que ya no son necesarias. Y ese momento es nuestra época, porque, como puede verse en muchos aspectos de la vida actual, las religiones ya no contribuyen a una existencia humana pacífica ni representan ya un medio de salvación. La religión resulta un poderoso factor de conflicto en momentos de intercambio intenso entre mundos culturales diferentes.

Por lo menos, eso es lo que ocurre hoy: en Italia, por ejemplo, existe un problema con la construcción de mezquitas, porque la población musulmana ha aumentado de forma espectacular. La hegemonía tradicional de la Iglesia católica está en peligro, pero los católicos no se sienten amenazados en absoluto por esa situación; sólo los obispos y el Papa.

La Iglesia afirma que defiende su poder (y los aspectos económicos de él) para preservar su capacidad de predicar el Evangelio. Sí; pero, como en tantas instituciones, la razón suprema de su existencia se queda muchas veces olvidada a cambio de la mera continuidad del statu quo. Lo que quiero decir es que, en el mundo actual, sobre todo en el Occidente industrial, la religión como institución se ha convertido en un factor de conflicto y un obstáculo para la "salvación", sea eso lo que sea. Quiero subrayar que hablo de la muerte de las religiones en el mismo sentido en el que acepto el anuncio de Nietzsche sobre la muerte de Dios. La religión que está muerta es la religión-institución, que contribuyó enormemente al desarrollo de la civilización pero, al final, se convirtió en un obstáculo.

Hablar de la muerte de las religiones en un sentido relacionado con el anuncio de la muerte de Dios de Nietzsche no significa, desde luego, que la religión nunca haya tenido sentido para la humanidad. Ni siquiera se puede decir que la frase de Nietzsche significa que Dios no existe. Ésa sería de nuevo una afirmación metafísica, que Nietzsche no quería pronunciar, por su rechazo general a cualquier metafísica "descriptiva".

La lucha contra la supervivencia de las religiones de la que hablo tiene poco que ver con la negación racionalista de todo significado a los sentimientos religiosos. Incluso se toma muy en serio ese resurgimiento de la necesidad de una relación con la trascendencia que caracteriza numerosos aspectos de la cultura actual. Citaré de nuevo a Nietzsche, que dice que Dios está muerto y ahora queremos que existan muchos Dioses.

Mientras las religiones sigan queriendo ser instituciones temporales poderosas, son un obstáculo para la paz y para el desarrollo de una actitud genuinamente religiosa: pensemos en cuánta gente está abandonando la Iglesia católica por el escándalo que representan las pretensiones del Papa y los obispos de inmiscuirse en las leyes civiles en Italia. Los ámbitos de la ética familiar y la bioética son los más polémicos.

En Estados Unidos, el anuncio reciente del presidente Obama sobre su intención de eliminar las restricciones a la libertad de las mujeres para abortar ha suscitado una amplia oposición por parte de los obispos católicos. La oposición contra cualquier forma de libertad de elección en todo lo relacionado con la familia, la sexualidad y la bioética es continua e intensa, sobre todo, en países como Italia y España. Tengamos en cuenta que la Iglesia se opone a leyes que no obligan, sino que sólo permiten la decisión personal en estos asuntos. Deberíamos preguntarnos de qué lado está la civilización.

Hace poco, el Papa repitió su idea constante de que la verdad no es negociable. ¿Ese "fundamentalismo" es sólo característico del catolicismo, o de todo el cristianismo? Quienes hablan de civilizaciones tienen la responsabilidad de tener en cuenta esta condición concreta. No hay más que ver los frecuentes diálogos interreligiones que se celebran en cualquier parte del mundo, en los que los interlocutores suelen ser "dirigentes" de las distintas confesiones. No dialogan para cambiar nada; no es más que una forma de volver a confirmar su autoridad en sus respectivos grupos. ¿Acaso sale de estos frecuentes encuentros algo útil para la paz y la mutua comprensión de los pueblos? Mientras no se elimine el aspecto autoritario y de poder de las religiones, será imposible avanzar hacia el mutuo entendimiento entre las diversas culturas del mundo.

Esta conclusión puede parecer una gran paradoja, dado que, en general, se ha considerado que la religión era un medio de educar a la humanidad hacia la caridad, la piedad y la comprensión. En muchos sentidos, la compasión parece ser la base fundamental de toda experiencia religiosa. Y es cierto, ya sea desde el punto de vista del cristianismo, el budismo, el hinduismo, el islam o el judaísmo. Hasta aquí, nada que objetar. Pero precisamente por eso es por lo que debemos reconocer que ha llegado la hora de que las personas religiosas se alcen contra las religiones. Y que afirmen tajantemente que la era de la religión-institución se ha terminado y su supervivencia sólo se debe a los esfuerzos de las jerarquías religiosas para conservar su poder y sus privilegios.

El hecho de que esta tesis parezca inspirarse, en gran parte, en la experiencia cristiana (y católica) europea, no limita su validez para otras culturas. Seguramente, el veneno del universalismo se extendió por el mundo gracias a los conquistadores europeos, que son responsables de la estricta asociación entre conversión (al cristianismo; recuérdese el compelle intrare de San Agustín) e imperialismo. Ahora es el mundo latino el que debe romper esa asociación y separar la salvación de cualquier pretensión de creencia y disciplina universal como condición para alcanzarla. No es una tarea fácil.

 

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El sexo de los clérigos

Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino,

Ya casi no hay memoria de los tiempos en que la Iglesia Católica sufrió desafíos tan ásperos como los de estos últimos años. Lo que sucede no tiene la profundidad del cisma litúrgico del obispo Marcel Lefebvre ni el fervor revisionista en la interpretación de los Evangelios que desembocó en la Teología de la Liberación, sino las violaciones a una obligación que no es materia de dogma pero sí de continua perturbación: el sexo de los clérigos.

Primero fueron los delitos de pedofilia que en diciembre de 2002 provocaron la renuncia del cardenal de Boston Bernard Law, de quien se sospechó ocultamiento; 450 demandas millonarias por décadas de abusos contra menores dejaron la archidiócesis al borde de la quiebra.

Otra vez ahora el escándalo se desata cuando sale a la luz algo que se trataba de ocultar: la descendencia del ex obispo paraguayo Fernando Lugo, ahora presidente del Paraguay. El obispo de Ciudad del Este, en Alto Paraná, (Paraguay), Rogelio Livieres, dijo que sus pares conocían la información sobre Lugo desde hace tiempo. "No sé por qué se enmascaran los temas de Iglesia y no se ventilan. En nuestra época (...) todo se descubre", afirmó Livieres. Y encontró una instantánea refutación oficial: "El Consejo Episcopal Permanente lamenta y rechaza las expresiones de monseñor Livieres, quien hace entender que hubo encubrimiento y complicidad de los obispos del Paraguay sobre la conducta moral del entonces miembro del colegiado episcopal monseñor Fernando Lugo".

 

Las palabras de Livieres recuerdan a las que el argentino monseñor Jerónimo Podestá, impulsor del Movimiento Latinoamericano de Sacerdotes Casados, escribió en 1990 al entonces presidente del Episcopado Argentino, cardenal Raúl Primatesta: "Veo con pena que en general tengan ustedes una visión bastante alienada y timorata: no saben lo que piensa y siente la gente en el mundo de hoy. La Iglesia es el Pueblo de Dios y ustedes lo saben, pero en el fondo siguen pensando que la Iglesia son ustedes". Cuando era obispo de Avellaneda en la provincia de

Buenos Aires, Argentina, a fines de los 60, Podestá fue una pesadilla para la dictadura del general Juan Carlos Onganía. Reunía a multitudes de hasta un millón de personas para ceremonias religiosas que se transformaban en espontáneas manifestaciones políticas. Para el régimen fue un alivio que anunciara en 1967 la decisión de casarse.

Podestá llamó varias veces a las puertas del Vaticano sin lograr que Pablo VI le levantara la suspensión a divinis. Insistía en recordar que, si bien Jesús optó por el celibato, no lo impuso a sus apóstoles, entre los que había casados y solteros. El ex obispo de Avellaneda predicaba que el celibato es un don, no un mandato divino, y que nada impide sentir la vocación sacerdotal si se está privado de esa gracia. La mayoría de los católicos ignora que los sacerdotes no tenían prohibido el matrimonio durante los primeros 10 siglos de vida cristiana. Además de San Pedro, otros seis papas vivieron en matrimonio y -más llamativo aún- 11 papas fueron hijos de otros papas o miembros de la Iglesia.

En 1073, Gregorio VII impuso el celibato. Uno de sus teólogos, Pedro Damián, dictaminó que el matrimonio de los sacerdotes era herético, porque los distraía del servicio al Señor y contrariaba el ejemplo de Cristo. Si bien la intención del Papa era restaurar la derruida moral del clero y purificar a la feligresía con ejemplos de castidad, decenas de historiadores suponen que la decisión de imponer el celibato fue también un medio para evitar que los bienes de los sacerdotes casados fueran heredados por sus hijos y viudas y no por la Iglesia. En 1123, el Concilio de Letrán decretó la invalidez del matrimonio de los clérigos.

¿Cuál es el sentido de reprimir las expresiones de la sexualidad, no sólo entre los clérigos sino también en la vida diaria? ¿Qué gana la fe católica con eso?

Se teme que el placer distraiga de la oración, de la relación con Dios, pero el menosprecio de la mujer en los seminarios y la contradicción de los impulsos naturales del hombre en realidad no fortalecen los vínculos entre la Iglesia y el pueblo de Dios. Al contrario, el celibato obligatorio suele desanimar algunas vocaciones y provocar defecciones en el clero.

Si bien creía que "la vigente ley del sagrado celibato" debía seguir "unida firmemente al ministerio eclesiástico", Pablo VI, atento a los clamores de modernización del Concilio Vaticano II, analizó las objeciones en la encíclica Sacerdotalis caelibatus, de 1967. Allí se preguntó: "¿No será ya llegado el momento de abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? ¿No podría ser facultativa esta difícil observancia? ¿No saldría favorecido el ministerio sacerdotal si se facilitara la aproximación ecuménica?".

Acaso a Dios lo tengan sin cuidado los deslices del ex obispo Lugo, porque su gloria está más allá de lo que establecen los seres humanos. Pero la inflexibilidad de la doctrina deja entre los católicos la pregunta sobre el sentido de normas creadas por la Iglesia hace 10 siglos, que no existían antes y no tendrían por qué existir para siempre. Jesús predicó la humildad, el amor a Dios y a los semejantes. Sus lecciones de vida siguen siendo claras. A veces, en el afán por interpretarlas, los seres humanos las oscurecen.

 

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Triunfo estudiantil laicista.

 

Para el laicismo chileno constituye un momento de auspiciosas proyecciones, el triunfo obtenido por el Movimiento de Acción Librepensadora, en el Centro de Alumnos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Concepción. Con un abrumador porcentaje de votación – casi el 70% - y una alta concurrencia de electores, rompiendo la tendencia a la abstención, fueron capaces de vencer a las expresiones tradicionales que habían predominado hasta ahora.

Con los mismos motivos de fondo y la misma fundamentación valórica, otro grupo bajo la influencia del Centro Juvenil Quillagua de Talcahuano, ganó la elección en otra Facultad de Derecho, esta vez correspondiente a la Universidad Católica de la Santísima Concepción. En segunda vuelta, la lista laicista obtuvo el 60 % de los votos


Instituto Laico de Estudios Contemporáneos
Santiago - Chile
2008

 

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"Tribuna del Pensamiento Libre"